Gravity Probe III
24 Jueves may 2012
Posted in astrofísica, física, software, topología, wissenfiktion
24 Jueves may 2012
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20 Domingo may 2012
Posted in astrofísica, física, graue substanz, software, topología
o de como el desequilibrio en energía potencial gravitatoria nos regala un excedente de masa a energía, nuestra codiciada ganancia por efecto dominó y alud gravitónico
Entre 13 piezas de la más pequeña a la más grande se obtiene una amplificación de 2 mil millones de veces, dicha ganancia no es para petroleras ni para bancos 133 mil veces quebrados, dicha ganacia G es un regalo del Cosmos y su Hacedor Primero a la Humanidad.
La pregunta es ¿recarga manual de cargas gravitacionales en el almacenaje por posición standby? o ¿nanorealimentación cuántica automatizada para mayor eficiencia del proceso? Aprovechando eso que el super-densito-masivo núcleo terráqueo de hierro-níquel a todos nos da, no solo de petróleo deberían extraer la multinacional energía el hombre y la mujer.
Natura da lo que Salamanca, Bologna, Dartmouth, Cambridge, Harvard, Stanford, Princeton y la Sorbona nunca prestarán. Solo el Instituto Max Planck.
Max Karl Ernest Ludwig Planck (Kiel, Alemania, 23 de abril de 1858 – Gotinga, Alemania, 4 de octubre de 1947)
En esto de la energía a partes separadas, en esto de saltos discretos y de la discontinuidad del universo no puedo ponerme de acuerdo conmigo mismo. Todo lo demuestra: no existe nada intermedio entre esas partes componente, pero sigo sin poderlo aceptar. Quantums es todo lo que tenemos y hay, lo que somos y llegaremos a ser. Nuestro universo está compuesto de unidades digitales y los materiales relojes analógicos también lo son y miden a partes discretas del temposcilador.
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“Como hombre que ha dedicado su vida entera a la más clara y superior ciencia, al estudio de la materia, yo puede decirles como resultado de mi investigación acerca del átomo, lo siguiente: No existe la materia como tal. Toda la materia se origina y existe sólo por la virtud de una fuerza la cual trae la partícula de un átomo a vibración y mantiene la más corta distancia del sistema solar del átomo junta. Debemos asumir que detrás de esta fuerza existe una mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia.”
El mismo Planck, cuando publicó sus resultados sobre la radiación del cuerpo negro, afirmaba que su hipótesis sin duda debía ser falsa. El tiempo ha demostrado que se equivocaba al pensar que se equivocaba, es decir: el universo es cuántico (no continuo) de acuerdo a todo lo que hasta ahora saben los físicos. Wikipedia dixit
y que la energía está… está, sistema constante desde el cuantosegundo 0 que es el primero, en el gran punto G universal que nos proporciona la compresión-descompresión de la curvatura n-dimensional del espaciotiempo.

Fuente: Microsiervos
Nota al pie: La misión conjunta de la Nasa y la Universidad de Stanford, Gravity Probe B, para fehacientemente verificar los enunciados y teoría General de la Relatividad de Albert Einstein, el experimento y no la teoría que lo precede ha resultado hace ya un año en todo un fiasco.
19 Sábado may 2012
Posted in alemania, historia, inglaterra, mitología, rusia
¿Hay que decirle adiós a Vladimir Ilich Ulianov? La mirada de Ulises lo calla, no nos lo revela.
Goodbye Lenin se impone como artimaña para sostener lo que se desmorona.
Y lo que pos-1918 Inglaterra para siempre se llevó… nos plantea la duda de qué hubiese sido de un mundo alternativo sin angloholandeses liberales triunfantes…
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Malditos ridículos británicos con Kraft/Cadbury, Unilever y la British Petroleum de la monarquía en descomposición sin retorno
Soviet Bealtaine el 1° de mayo
El fútbol globalizado es el opio de Inglaterra 
14 Lunes may 2012
Posted in cyberpunk, física, nanotecnología, preindustrial, vapor mecánico
Lo pequeño siempre reduce los gastos energéticos en comparación con lo más extenso en dimensionalidad espacial, lo pequeño como lo temporalmente breve si más pequeño dos veces² bueno. La energía cinético-molecular del vapor de agua también es, si otras posibilidades alternativas y verdes energéticas nos abandonan, una nanohidroneumática por vapor de coke, en la vuelta espiralada de manómetros y rostros sucios siglo XIX.



El carbono es nuestra fuente de la vida y aprovisionamiento de energía, pero vaporware a falta de hidrocarburos petrolíferos no nos lleva por la línea del progrESSO.

13 Domingo may 2012
Posted in economía, geopolítica, postindustrial
En el puerto del Callao, a 15 km de Lima, Perú, llegan, se acumulan y despachan los excedentes del comercio exterior que Asia-Pacífico y su pater liberalismus anglonorteamericano le dispensan a América latina.
o de como la falta de materia energética en combinación con una ideología/mentalidad librecambista en oposición mas nunca superación mercantilista, nos introducen en una completa dependencia de comercio con el exterior y postración a lo irreversible en la división internacional de producción/trabajo… y hasta que sobrevenga la desglobalización.
06 Domingo may 2012
Posted in historia, inglaterra, literatura, río de la plata
Publica Editorial Aguilar, y nuestro autor Mario O’Donnell se vuelve a explayar con la historia del caudillo y reformador José Gervasio Artigas en tiempos coloniales de España y Gran Bretaña, ya lo había intentado con Los héroes malditos, Ed. Sudamericana, Bs. As., 2004. Las lógicas menemistas y neoliberales han sido barridas por la escoba de la historia y en el nuevo punto álgido del revisionismo y el nacionalismo que el futuro nos depara, la figura de un regionalista y acérrimo enemigo del Imperio Británico puede tomar su honda dimensión esclarecedora de todo ese proceso y continuado régimen liberal que es marco general de las disciplinas siglo XIX, control siglo XX, cibermarketing siglo XXI y afianzamiento de la biopolítica en nuestros cuerpos; aunque la opinión personal del autor de este blog es que esa profundidad no caracteriza esta edición en letras grandes de relato-ensayo corto a 89$ en todas las céntricas librerías de la ciudad de Buenos Aires. Profundidad era una cuidada cualidad del maestro argentino de historiadores José Luis Romero.

Un texto solo para las tías y/o sobrinas que de historia no saben, lo que de manera alguna quita lucidez e inteligencia al ex-Secretario de Cultura alfonsinista y noventista, faltan fuentes y datos en los que nuevamente bucear y abrevar para entender que el fracaso de este Abraham Lincoln del Sud nos condenó a la dominación imperial-monetarista de la pandilla de Londres-Washington DC-Nueva York. Artigas terminaría sus días en el Paraguay libre de agentes británicos muriendo en 1850 bajo Francisco Solano López dictador; otro agente británico y educador liberal, un sanjuanino ‘inmortal’ llamado Domingo Faustino Sarmiento moriría en el Paraguay libre de desarrollo propio en 1888, tras la devastación que le mató a casi toda la población masculina y arruinó para siempre economía endógena y salida al mar hasta hoy, donde miles de paraguayos son atraídos por la seudoprosperidad argentina para escapar de la miseria y el hambre a que los esbirros sudamericanos de los Hannover los condenaron tras 1870, sellando el destino del país que el sacerdote Fernando Lugo no podrá emancipar en 2014.
Más exhumaciones del general contrario a los designios de Lord Ponsonby por fabricar un artificial Uruguay para el propósito imperial de dividir y vencer a los criollos, en libros de Delia Etchegoimberry, Ana Ribeiro, Omar López Mato y Marcia Collazo.
Pero el homenaje es de Eduardo Galeano, está en Memoria del Fuego II, Las caras y las máscaras y se llama simple Usted:
1820, Paso del Boquerón: Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen?. Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque Usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
28 Sábado abr 2012
Posted in estados unidos, geopolítica, literatura
La carta robada
Nil sapientiae odiosius acumine nimio.
Séneca.
Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de 18…, me hallaba en París, gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, au troisième, No. 33, de la rue Dunot, en el faubourg St. Germain. Durante una hora por lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a cualquier casual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me refiero al asunto de la rue Morgue y el misterio del asesinato de Marie Roget. Los consideraba de algún modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo conocido, monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.
—Si se trata de algo que requiere mi reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.
—Esa es otra de sus singulares ideas —dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar «singular» a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión de «singularidades».
—Es muy cierto —respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia él un confortable sillón.
— ¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté— Espero que no sea otro asesinato.
— ¡Oh, no, nada de eso! El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos manejarlo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles del hecho, porque es un caso excesivamente singular.
—Simple y singular —dijo Dupin.
—Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
—Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted —dijo mi amigo.
— ¡Qué desatino dice usted! —replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
—Quizás el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.
— ¡Oh, por el ánima de…! ¡Quién ha oído jamás una idea semejante!
—Un poco demasiado evidente.
— ¡Ja, ja, ja!… ¡ja, ja, ja!… ¡jo, jo, jo! —reía nuestro visitante, profundamente divertido— ¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa!
— ¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? —pregunté.
—Se lo diré a usted —replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y acomodándose en su sillón— Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto que demanda la mayor reserva, y que perdería sin remedio mi puesto si se supiera que lo he confiado a alguien.
—Continuemos —dije.
—O no continúe —dijo Dupin.
—De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido; sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que continúa todavía en su poder.
— ¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.
—Se ha deducido perfectamente —replicó el prefecto—, de la naturaleza del documento y de la no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
—Sea usted un poco más explícito —dije.
—Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
—Todavía no le comprendo bien —dijo Dupin.
— ¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible nombrar, pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son así comprometidos.
—Pero este ascendiente —repuse— dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo conoce. ¿Quién se ha atrevido…?
—El ladrón —dijo G***— es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconvenientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documento en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibido por el personaje robado, en circunstancias que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entrada de otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se fijara en la carta. En este momento entró el ministro D***. Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, pretende leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Se pone a conversar de nuevo, durante un cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse, coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no se atreve a llamar la atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su lado. El ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
—Aquí está, pues —me dijo Dupin—, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.
—Sí —replicó el prefecto—; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado, con objetos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día más de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede ser hecho abiertamente. En fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
— ¿Y quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo—, o siquiera imaginar, un oyente mas sagaz que usted?
—Usted me adula —replicó el prefecto— pero es posible que algunas opiniones como ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.
—Está claro —dije—, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder desaparece.
—Cierto —dijo G***—, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro que resultaría de darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
—Pero —dije—, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.
—Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos. Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente napolitanos, se embriagan con facilidad. Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar la mansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.
— ¿Pero no es posible —sugerí—, aunque la carta pueda estar en la posesión del ministro como es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
—Es poco probable —dijo Dupin— La presente y peculiar condición de los negocios en la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta importancia como su posesión.
— ¿La posibilidad de ser exhibido? —dije.
—Es decir, de ser destruido —dijo Dupin.
—Cierto —observé—; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
—Enteramente —dijo el prefecto— Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.
—Se podía usted haber ahorrado ese trabajo —dijo Dupin— D***, presumo, no está loco del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
—No está loco del todo —dijo G***—; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.
—Cierto —dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa—, aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.
—Supongamos —dije—, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
—Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón secreto, es un bobo. La cosa así, es sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que contar en un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con esas delgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las tablas superiores.
— ¿Por qué?
—Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada, es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las camas son utilizados con el mismo fin.
— ¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad suficiente de algodón en rama. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.
—Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los artículos de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser introducida en el travesaño de una silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?
—Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla de la casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no habríamos dejado de notarla instantáneamente. Un solo grano del aserrín producido por una barrena en la madera, habría sido tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquier desusado agujerito en las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.
—Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.
—Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos pulgada por pulgada el terreno de la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como antes.
— ¡Las dos casas adyacentes! —exclamé—; deben ustedes haber causado una gran agitación.
—La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
— ¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
—Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
— ¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?
—Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo abrimos todos los libros, sino que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta, habría sido completamente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las tapas.
— ¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
—Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.
— ¿Y el papel de las paredes?
—También.
— ¿Buscaron en los sótanos?
—Sí
—Entonces —dije— han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las posesiones del ministro, como suponen.
—Temo que usted tenga razón —repuso el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?
—Hacer una nueva revisión de la casa del ministro.
—Eso es absolutamente innecesario —replicó G***—; estoy tan seguro como que respiro, de que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin— ¿Tendrá usted, como es natural, una cuidadosa descripción de la carta? — ¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorando, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción, cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca antes.
Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos ocupados exactamente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:
—Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido, al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.
— ¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.
— ¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? —preguntó Dupin.
— ¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto exactamente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con mi firma por cincuenta mil francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Veamos— dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo—; realmente pienso, G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?
— ¿Cómo? ¿De qué manera?
— ¡Pst! Creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejo sobre este asunto; puff, puff, puff. ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy?
— ¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
— ¡Está bien! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso como el de un individuo imaginario.
—Supongamos —dijo el tacaño—, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor, ¿qué le aconsejaría usted?
— ¿Qué le aconsejaría? —dijo Abernethy—; ¡psh! que viera a un médico.
—Pero —dijo el prefecto, algo desconcertado—, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo. Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, puede usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la conciencia de su ser, cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; después, abriendo un escritorio, cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
—La policía parisina —dijo— es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia. Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casa de D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.
— ¿Hasta dónde lo permiten? —pregunté.
—Sí —dijo Dupin— Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase, sino que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.
—Las medidas, pues —continuo él—, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente sus designios. Así es que perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían, y muchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho años de edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de «pares y nones» atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en su mano una cantidad de esas canicas, y pregunta a otro si ese número es par o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no, pierde una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes. Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta: ¿son pares o nones? Nuestro niño replica: «Nones», y pierde; pero a la segunda vez gana, porque entonces se dice a sí mismo: «El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia es justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré «nones»; apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: «Este tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una simple variación de pares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple, y, finalmente, decidirá poner pares como antes. Por consiguiente, apostaré a pares»; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de razonar en el niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?
—Es simplemente —dije— una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.
—Eso es —dijo Dupin—; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o correspondan a la expresión de mi cara.» La respuesta de este niño de escuela supera incluso la espúrea profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyère, Maquiavelo y Campanella.
—Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.
—Para su valor práctico depende de eso —replicó Dupin—; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o más bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus propias ideas ingeniosas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la habrían escondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es una fiel representación del de las masas; pero cuando la astucia del reo es diferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está por abajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven excitados por algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar con el microscopio, y dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas? ¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o conjunto de principios de pesquisa, que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que el prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que G*** da por sentado que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el mismo tenor del pensamiento que inspira a un hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar, se emplean únicamente en las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esas coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia, sino del simple cuidado, la paciencia y la determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lo mismo a los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, las cualidades en cuestión jamás fallan. Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier parte dentro de los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto, su descubrimiento habría sido un asunto absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha sido completamente engañado; y la fuente originaria de sus fracasos reside en la suposición de que el ministro es un loco porque ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que cree el prefecto, y es simplemente culpable de un “non distributio medii” al inferir de ahí que todos los poetas son locos.
— ¿Pero se trata realmente del poeta? —pregunté— Hay dos hermanos, me consta, y ambos han alcanzado reputación en las letras. El ministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas. Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simple matemático no habría razonado absolutamente, y hubiera estado a merced del prefecto.
—Usted me sorprende —dije— con esas opiniones, que han sido contradichas por la voz del mundo. Suponga que no pretenderá aniquilar una bien digerida idea con siglos de existencia. La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort—, que toute idée publique, toute convention reçue, est une sottise, car elle a convenue au plus grand nombre. Los matemáticos, concedo, han hecho cuanto les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no es menos un error porque haya sido promulgado como verdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido el término «análisis» con aplicación al álgebra. Los franceses son los culpables de esta superchería popular; pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan algún valor de su aplicabilidad, «análisis» expresa «álgebra», poco más o menos, como en latín ambitus implica «ambición», religio, «religión», homines honesti, «un conjunto de hombres honorables».
—Temo que se enemiste usted —dije— con alguno de los algebristas de París; pero prosiga.
—Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón que es cultivada en una forma especial distinta de la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón extraída del estudio de las matemáticas. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación a la forma y la cantidad. El gran error consiste en suponer que hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdades abstractas o generales. Y este error es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es verdad de relación (de forma y de cantidad), es a menudo grandemente es falso respecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia por lo general es incierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química el axioma falla también. En el caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradas por separado. Hay muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación. Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre, como si ellas fueran de una aplicabilidad absolutamente general, como si el mundo imaginara, en realidad, que lo son. Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuando dice que «aunque las fábulas paganas no son creídas, sin embargo lo olvidamos continuamente, y hacemos inferencias de ellas, como si fueran realidades». Entre los algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» son creídas, y las inferencias se hacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por una incomprensible perturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca un simple matemático en quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces y ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 + px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros, por vía de experimento, si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x2 + px no es absolutamente igual a q, y después de haberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr tan pronto como le sea posible, porque, sin ninguna duda, tratará de darle una paliza.
- Quiero decir — continúo Dupin, mientras me reía yo de su última observación— que si el ministro hubiera sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme este cheque. Le conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mis medidas fueron adaptadas a su capacidad, con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano, y además como un audaz intrigante. Un hombre así, pensé, debe conocer los métodos ordinarios de acción de la policía. No podía haber dejado de prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los registros a los que fue sometido. Debe haber previsto las investigaciones secretas de su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que eran celebradas por el prefecto como una buena ayuda a sus éxitos, las miré únicamente como astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer un completo registro, y hacerles llegar lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta no estaba en casa. Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría alguna dificultad en detallar a usted ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manera inevitable, a despreciar todos los escondrijos ordinarios. No podía, reflexioné, ser tan simple que no viera que los más intrincados y más remotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como los rincones más vulgares, a los ojos, a los exámenes, a los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería impulsado, como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su propio gusto personal. Recordará usted quizá con cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tanto por ser su descubrimiento demasiado evidente.
—Sí —dije—, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones.
—El mundo material —continúo Dupin— abunda en muy estrictas analogías con el espiritual; y así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada para dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. El principio de vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera, que un gran cuerpo es puesto en movimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuente impulso es proporcionado a esa dificultad, que lo es en la segunda, que intelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes, constantes y fecundos en sus movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente movidos, y más embarazados y llenos de vacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra cosa: ¿ha notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
—Nunca se me ocurrió pensarlo —dije.
—Hay un juego de adivinanzas —replicó él— que se juega con un mapa. Uno de los jugadores pide al otro que encuentre una palabra dada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una palabra, en fin, sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato en el juego trata generalmente de confundir a sus contrarios, dándoles a buscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el buen jugador escogerá entre esas palabras que se extienden con grandes caracteres de un extremo a otro del mapa. Éstas, lo mismo que los anuncios y tablillas expuestas en las calles con letras grandísimas, escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; y aquí, la física inadvertencia ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen desapercibidas esas consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables por sí mismas. Pero parece que éste es un punto que está algo arriba o abajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de todo el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla.
Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el hecho de que el documento debía haber estado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre la decisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba oculto dentro de los límites de sus pesquisas ordinarias, más convencido quedaba de que para ocultar aquella carta el ministro había recurrido al más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.
Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad, entré en la casa del ministro. Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era, charlando insustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejado del más abrumador ennui. Sin embargo, es uno de los hombres más realmente activos que existen, pero tan sólo cuando nadie lo ve.
Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débiles ojos, y lamenté la forzosa necesidad que tenía de usar gafas, bajo el amparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente toda la habitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversación con mi anfitrión.
Presté especial atención a una gran mesa-escritorio, cerca de la cual estaba sentado D***, y sobre la que había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos instrumentos de música y algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo y deliberado escrutinio, no vi nada capaz de provocar mis sospechas.
Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía tres o cuatro compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y una solitaria carta. Esta última estaba muy manchada y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención de hacerla pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido. Tenía un gran sello negro, con el monograma de D***, muy visible, y el sobre escrito y dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente, parecía, en una de las divisiones superiores del tarjetero.
No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la que andaba buscando. En verdad, era, en apariencia, radicalmente distinta de aquella que nos había leído el prefecto una descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***; en la otra era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S***. Aquí la dirección del ministro era diminuta y femenina; en la otra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente enérgica y decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas diferencias, que era excesiva, las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan inconsistente con los verdaderos hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de dar una idea de la insignificancia del documento a un indiscreto; estas cosas, junto con la visible situación en que se hallaba, a la vista de todos los visitantes, y así coincidente con las conclusiones a que yo había llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy corroborativas de sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.
Demoré mi visita tanto como fue posible, y mientras mantenía una de las más animadas discusiones con el ministro, sobre un tópico que sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volqué mi atención, en realidad, sobre la carta. En aquel examen, confié a la memoria su apariencia externa y su colocación en el tarjetero; y por último, hice un descubrimiento que borraba cualquier duda trivial que pudiera haber concebido. Registrando con la vista los bordes del papel, noté que estaban más gastados de lo que parecía necesario. Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez doblado y apretado, es vuelto a doblar en una dirección contraria, con los mismos pliegues que ha formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí que la carta había sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro para afuera; una nueva dirección y un nuevo sello le habían sido agregados. Di los buenos días al ministro, y me marché enseguida, abandonando sobre la mesa una tabaquera de oro.
A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte disparo, como de una pistola, se oyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue seguido por una serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitud asustada. D*** se lanzó a una de las ventanas, la abrió y miró hacia la calle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en mi bolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D***, con mucha facilidad, por medio de un sello de miga de pan.
El tumulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un fusil. Había hecho fuego con él entre un grillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo, que el arma estaba descargada, y se le permitió que continuara su camino, como a un lunático o un ebrio. Cuando se hubo retirado, D*** se separó de la ventana, a donde le había seguido yo inmediatamente después de conseguir mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido lunático era un hombre a quien yo había pagado para que produjera el tumulto.
—Pero, ¿qué propósito tenía usted —pregunté— para reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido mejor, en la primera visita, arrebatarla abiertamente y salir con ella?
—D*** —replicó Dupin— es un hombre arrojado y valiente. Su casa, además, no carece de servidores consagrados a los intereses del amo. Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted sugiere, jamás habría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto a saber más de mí. Ya conoce usted mis ideas políticas. Pero tenía una segunda intención, aparte de esas consideraciones. En este asunto, obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el ministro la tuvo en su poder. Ella es la que lo tiene ahora en su poder: como D*** no sabe que la carta no está ya en su tarjetero, proseguirá con sus presiones como si la tuviera. Así provocará, él mismo, su ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso, del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como la Catalani dice del canto, es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sin principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado por aquella a quien el prefecto llama «una cierta persona», se vea forzada a abrir la carta que le dejé para él en el tarjetero.
— ¿Cómo? ¿Escribió usted algo particular en ella?
— ¡Claro! No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubiera sido insultante… Cierta vez D***, en Viena, me jugó una mala pasada, acerca de la que le dije, sin perder el buen humor, que no lo olvidaría. Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a la identidad de la persona que había sobrepujado su inteligencia, pensé que era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera. Como conoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:
… Un dessein si funeste,
S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste,
(Un designio tan funesto,
no era digno de Atreo, sino de Tieste)
que se pueden encontrar en el Atreo de Crebillon.
General Martin E. Dempsey, save to NorthAmerica if this reality is possible in this present moment, march 2012.
Demo-republicans are crazy with your wargames in Libia, Siria, Iran.
Debt, crisis, crash & ruins. Exactly as the roman empire in the past
...an later the end.
26 Jueves abr 2012
Posted in cómputo, cibernética, microelectrónica, semiconductores, software
La caja de Turing recursiva, capsular autocontenida, autorreferente; ese mecanismo ideado por Alan Mathison Turing en 1936 – y porque Kurt Gödel de la escuela lógicomatemática platonista (ni logicista ni formalista) estuvo ahí con su Teorema de incompletitud- que Charles Babbage nunca pudiese haber soñado en el despunte del período victoriano para 1836.
La virtualización x86 conlleva las mismas propiedades que una TuringBox. Llegó por iniciativa de VMWare en 1999 para instalación y hosteo de sistemas operativos, 13 años después se consolida en la aceleración por hardware sobre un navegador web Opera 12 Wahoo que incluye backend con instrucciones WebGL, sandbox en el proceso independiente de la aceleración de video y sandbox para ejecución del entorno virtualizado. La solución aún en desarrollo a tener en cuenta es phpvirtualbox (code.google open source para VirtualBox 4.1.x). La otra solución se llama Boxes y trabaja con las implementaciones de KVM, desarrollado en Vala (lenguaje símil C# aunque prescindente de GTK#) que accede a las bibliotecas de C e interpreta Genie (Python), puede correr sobre GNOME Shell y va haciendo sus progresos frente al open source de Oracle en la actual versión gnome-boxes-3.4.1.
Interfaces alternativas phpvirtualbox y Boxes en virtualización x86, otra manera de presentar la información y visualizar el proceso de un sistema operativo ejecutándose confinado a su espacio de RAM, de eso se trata.
23 Lunes abr 2012
Posted in astrofísica, física, software, topología, wissenfiktion
John Foster Dulles Airport, Virginia, 12 de marzo de 2012:
Si uno fuera de materia oscura la puerta de reconocimiento eléctrico no abriría, lo que nos lleva directamente al punto de que si la materia oscura no interacciona electromagnéticamente aunque si gravitatoriamente, se nos hace indetectable a nuestros dispositivos e instrumentos ópticos y de radioondas. Al sospechar que la materia oscura existe por su densidad gravitacional (masa) se infiere rapidamente que no puede ser la Nada (entidad reservada por ahora a la energía oscura o presión negativa del vacío o antigravedad), que es materia, pero ¿cuál es la característica principal de toda materia fuera de su masa y por sobre la energía, sino la carga eléctrica? La materia está organizada eléctricamente, existe por su carga eléctrica intrínseca ¿Qué es la carga eléctrica? Nadie lo sabe, la teoría electrodébil y de grupos -en campos gauge y álgebra de Lie- la entiende como el nº de vueltas de una espira en un contenedor material análogo-esférico ya sea lepton (-1), tanto como quark up (+2/3) o down (-1/3). No sabemos qué es, pero la fuerza electromagnética (existente en una corriente fotónica) cuaja en carga eléctrica cuando la interacción se da con la materia, puede ocurrir una modificación o alteración del material y se explica ello como el laboratorio de toda realidad química conocida o por conocer. La carga eléctrica es la fuente y sagrado grial de la química se sabe.
Pareciera sumamente lógico que apenas un 4% de la materia ordinaria (bariónica) conformara masa universal, la materia oscura y sus partículas aún desconocidas también son másicas pero carentes de carga eléctrica, lo que las hace simples e incapaces de sumagregarse en compuestos más complejos; y es ese 22% porción del universo lo que explica que la masa gravitatoria como condensado energético anteceda a la polarización eléctrica de las partículas y disposición geométrica endógena de los cuerpos.
08 Domingo abr 2012
Posted in alemania, geopolítica, historia, inglaterra, wissenfiktion
Los Rosenkreuzer como angloprotestantes en los enredos de Bohemia al comienzo de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648):
Auspiciado por el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego
El 26 de agosto de 1619, los bohemios decidieron ofrecer la corona de su país a Federico V de Heidelberg, Elector Palatino. Se trataba del corolario tras los hechos acaecidos un año antes y conocidos como Defenestración de Praga. Christian von Anhalt había desplegado grande actividad para fomentar en Bohemia la causa protestante de Federico, porque su ascensión al trono era parte importantísima del edificio antihabsbúrguico que el consejero estaba construyendo alrededor del matrimonio del Támesis con el Rhin (Isabel Estuardo de Inglaterra con Federico de Wittelsbach-Simmern). Según las complicadas reglas propias de la constitución imperial del Sacro Imperio Romano Germánico, el rey de Bohemia tenía un solo voto en la elección del emperador. Como Federico ya era elector, si subía al trono de Praga tendría dos votos en la elección imperial, lo cual habría permitido reunir una mayoría antihabsbúrguica y abrir el camino a la supresión del control de la Casa de Austria. Christian von Anhalt y sus asociados pensaban de esta manera, y quizás alimentaban la idea de que el mismo Federico llegara a obtener la dignidad imperial. Estos proyectos de política religiosa dieron a los reformadores anticatólicos la esperanza de hacer una reforma eclesiástica por medio del mismo Imperio, cosa que desde tiempos de la Toscana y Dante era un sueño burgués-reformista entre contendientes güelfos blancos y gibelinos de la Baja Edad Media europea. Federico le escribiría a su tío el duque de Bouillon: “es un llamado divino que no puedo desobedecer… mi único fin es servir a Dios y a su Iglesia”. En el nombre del mismo Dios y desde el otro lado, católico y jesuítico contrareformista, las espadas para otra guerra total serían desenvainadas; y en esta nueva ocasión Ël-Enki-Enlil-Yhwh no intervendrían, permitiendo que sus creaturas símil cobayos y hámsters pelearan y murieran hasta la más espantosa destrucción detrás de la vitrina que los Superiores Desconocidos contemplan, pero que los humanos no pueden siquiera intuir dónde se la puede hallar, presos de su destino y en combate feroz y constante a lo largo de los siglos por imponer sus dictados y mandatos.
Pasado cierto tiempo, los enemigos de Federico se coligaban para expulsarlo del trono; sus aliados más importantes, los príncipes protestantes alemanes, no se disponían a darle su ayuda. Christian von Anhalt comandaba las fuerzas de Federico, mientras los ejércitos católicos eran encabezados por el duque Maximiliano I de Baviera. Las fuerzas de Federico fueron derrotadas completamente en la Batalla de la Montaña Blanca, en las afueras de Praga, el 8 de noviembre de 1620, victoria que reafirmó la dominación de la Casa de Austria en Europa durante una generación más y con la que se inició la Guerra de los Treinta, que poco a poco fue desgastando el poder del elefante Habsburgo.
Jacobo I Estuardo, llevando a cabo su política exterior por “derecho divino” y sin consultar al Parlamento, que era unánimemente favorable al rey de Bohemia, comenzó a poner las bases de una serie de acontecimientos que, en el tiempo de un siglo, destruirían la monarquía de los Estuardo… y que en 1714 culminaría en la cesión del poder de la Corona en sus primos alemanes los Hannover. Si bien la tragedia de Bohemia es relativamente conocida, se han hecho muy pocas investigaciones sobre el efecto que podrían haber causado las esperanzas a que dio lugar la supuesta alianza del rey de Inglaterra con el Elector Palatino. En aquellos años de paz poco estable, entre guerras de religión, el Elector Palatino había representado algo más que el calvinismo tradicional de su Casa: por su unión matrimonial había trasplantado a Alemania los esplendores del Renacimiento posisabelino, y a pesar de la corta duración hasta la reacción católica, esta ha sido una fase muy importante de la transición del renacentismo al aufklärung. Fue en ese momento, que las fuerzas del Renacimiento chocaron de frente y con fuerza aterradora contra la Reacción. Luego se perdieron y desaparecieron en medio de los horrores de la Guerra de los treinta Años, pero cuando por fin el conflicto terminó, la Ilustración hizo su aparición.

Aunque el Palatinado era un estado calvinista, poseía la cualidad de ser un polo atractor de todo tipo de pensadores liberales para nada calvinistas. En Venecia, Paolo Sarpi había dirigido poco antes la oposición a la usurpación a los derechos de la República por parte del Papa, y en Inglaterra se había seguido con extraordinario interés el movimiento liberal veneciano. El entusiasta embajador inglés en Venecia, Henry Wotton, llegó al extremo de alimentar la ilusoria esperanza de convertir a los venecianos a una especie de anglicanismo. En 1613 ya casi se había olvidado la conmoción causada por el entredicho, pero se seguía en Venecia con sumo interés los acontecimientos con Federico; Christian von Anhalt estableció contacto con Sarpi, Wotton se detenía en Heidelberg en sus viajes entre Londres y Venecia. Si Federico hubiese logrado tener abierto un corredor liberal de Holanda a Venecia a través de Alemania, quizá se hubiese evitado el progreso de la represión del pensamiento en Italia, con sus víctimas Giordano Bruno, Galileo Galilei y demás contemporáneos.
Fuente: El iluminismo Rosacruz, Frances Yates (desde los archivos del Instituto Warburg)

… continuará desde el fortalecimiento de la Liga Evangélica Protestante y quienes eran los Rosacruces, y la luego Revolución Gloriosa de los Orange de los Países Bajos neerlandeses y flamencos en Inglaterra.