Érase una vez 1997 y en 1997 no había crédito tolerante o transigente al grunge y al rock británico de los ’90, porque los ’90 habían traído depresión y desazón a los jóvenes Generación X y a los demás también, eran los ’90 el neoliberalismo y el menemismo localizado que vaciaba conciencias y sedaba disidencias para volvernos a todos apáticos. En un programa televisivo ya olvidado, llamado Zoo y conducido por un tal Juan Castro se habló muy bien de OK Computer y Radiohead, mencionar Radiohead era como decir Pearl Jam o era como decir Oasis (eran los nuevos niños tristes que hablaban de disconformidad y vacío espiritual), no hubo crédito tampoco para Juan Castro.
Pero luego lo escuché y era complejo ese disco que a la vez era tan triste y simple: hablando de criaturas ordenadas por el ya omnipresente ordenador que con su Windows ’95 recordaba las tablillas de piedra sumerias tantas veces vistas en libros de historia, Thomas “Thom” Edward Yorke con su especial sensibilidad y anticipación a ese conjunto de seres que la globalización fabrica haciéndoles ir de aeropuerto en aeropuerto por cuestiones sentimentales o de ocio o negocio, hablaba de soledad, de incomprensión, de dolor y de sinsentido; de todo eso que no empezó un mágico día de 1990 sino mucho tiempo antes y algunos dibujantes de historietas o literatos y cinematógrafos de ciencia ficción nos hicieron saber: gente desconectada que se conecta, gente desahuciada que se empastilla, gente frívola y vacía que viaja para cargarse de vida que “otras culturas” le dan por su boleto de paseantes y sus dineros en hotelería y excursiones programadas, tarjetitas de plástico y consumos para seguir trabajando y pagando cuentas y deudas y separaciones de nunca acabar y divorcios de hijos desparramar porque se les acabó el amor: el amor que a Yorke poco le tuvieron y él nos devuelve gratamente con su infinita capacidad herida de hacernos sentir lo que elegimos ser en nuestra carrera de obtener placeres, experiencias, riquezas, nada más (vacío espiritual).
Rabindranath Tagore decía que la Naturaleza era sabiduría y amor porque nosotros escupíamos la tierra y le echábamos basura y ella nos devolvía flores. En este gran disco de 1997 Radiohead obró de igual manera y marcó una gran diferencia con toda la composición musical de esos últimos años del siglo XX mientras nos contaban como iban a ser estos primeros años del siglo XXI en que inmersos estamos. No volví a escuchar nada de tan alta calidad en decenas de bandas de la madre patria Inglaterra si exceptuamos trabajos muy anteriores de Pink Floyd, Deep Purple, Iron Maiden o quizá y solo quizá algún disco posterior de Placebo.

Lo más atrayente de Nueva York y esa fuerza magnética que ejerce sobre todo cosmopolita es que además de ser la sede de Naciones Unidas, es la base principal de operaciones de la decadencia contemporánea mundializada.

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