Que si me dan a elegir entre la ficción de J.R.R. Tolkien inspirado en Eddas mayores y plagios al Cantar de los Nibelungos y los trabajos de Marija Gimbutas de Lituania, sobre los orígenes de todos los arios en estepas del Volga a lomos de caballo y la expansión indoeuropea que para siempre modificaría toda la historia de las civilizaciones humanas, solo puedo preferir a Gimbutas. La arqueóloga y estudiosa de túmulos y dólmenes que ideó la hipótesis de kurganes y explicó nuestros orígenes etnolingüísticos (caucásicos, latinos y europeizados como aún en el estadio actual de la historia nos encontramos) merece mayor difusión y culto que el británico inventor de Amon Amarth y Tierras Medias que no se emparentan nunca con Altos ni Bajos medioevos; en el Cabo Arkona antes de las invasiones danesas lo hubiesen entendido, si de salvar del olvido se trata toda la mitología eslava y dialectos protoindoeuropeos, la de los señores de la guerra que desde el Urheimat primigenio llegaron a Asia anterior, hicieron acople con el mundo semítico y hoy constituyen el eurocentrismo ario dominante de la preeminencia cultural globalizada en orbe cristiano.

Aunque no ha podido ser verificada por la historiografía, se trata de una de las teorías más completas y documentadas sobre el origen y expansión de los indoeuropeos, así como de sus rasgos culturales y el mundo que vivían. Después de haber trabajado como arqueóloga en las estepas ucranianas, Marija Gimbutas desarrolló una teoría completa sobre el origen, desarrollo y evolución de los pueblos indoeuropeos, cuyo origen creyó haber encontrado en la zona que excavó, datada hacia el 5º o 6º milenio antes de nuestra era. Lo llamó Cultura de los Kurganes, por el nombre que se le da a los túmulos o sepulturas antiguas en la región. Los pueblos de los kurganes habrían desarrollado la movilidad necesaria para ocupar vastas zonas a partir de su maestría en la equitación y su conocimiento y uso de los carros, vehículos que a menudo suelen aparecer enteros o desmontados bajo los túmulos. El proceso de expansión de ese pueblo nómada o seminómada se habría desarrollado a lo largo de milenios, unas veces a partir de migraciones en masa y otras veces a través de estaciones u ocupaciones intermedias. De acuerdo a Gimbutas, desde su hogar original -las estepas al sur del río Volga- los indoeuropeos habrían traspasado las montañas del Cáucaso hacia el Sudeste, pasando sucesivamente a Irán, Mesopotamia y la India, donde llegaron en el siglo XX a.C.; en ese viaje hacia el Este se forjaron el idioma sánscrito, el kurdo, y la lengua de los persas, forjadores de un imperio. Otra rama alcanzó la península de Anatolia, donde floreció la cultura hitita, cuya lengua se ha descifrado por analogía con las europeas. La ocupación de Europa por los indoeuropeos debió de hacerse en varias oleadas a partir del siglo XXXIV a.C., según Gimbutas. Una de ellas habría ocupado la región de los montes Balcanes y Grecia hacia 2700 a.C., mientras que otra rama subía al Norte, hacia Escandinavia y el mar Báltico. A su vez, los pueblos indoeuropeos que se asentaron en Europa Central habrían constituido el grupo que luego se diferenciaría en celtas, itálicos, armenios… Algunos de estos pueblos, unidos por lazos lingüísticos y tal vez culturales, prosperaron y siguen vivos en nosotros, en nuestra lengua, leyes y filosofía, como los latinos o los helenos. Otros, como los hititas, florecieron durante varios siglos y luego desaparecieron.

Europa antes de Europa, según la tesis de los Kurganes:

El aspecto más interesante de la tesis de Gimbutas es su idea de los pueblos que había en Europa antes de las invasiones indoeuropeas, entre el sexto y el cuarto milenio antes de Cristo. Según ella, ocupaba el subcontinente un conjunto de sociedades agrícolas -los indoeuropeos eran mayoritariamente ganaderos-, relativamente pacíficas e igualitarias, en las que las mujeres tenían un papel predominante -frente al patriarcado y la sociedad aristocrática propia de los indoeuropeos-. No serían muy hábiles en la guerra, y escogían llanuras fértiles para asentarse, y no lugares elevados de difícil acceso, como en cambio sí hacían los indoeuropeos. Tendrían un profundo sentido religioso, rendían culto a la Diosa Madre -frente al Dios Padre indoeuropeo y semítico- y, al parecer, inventaron alguna forma de escritura en épocas tan remotas como el quinto milenio a.C. Pero no conocían el bronce con el que los indoeuropeos forjaban sus armas, y sucumbieron a su empuje, no sin antes mezclarse con ellos en una proporción indeterminada.

Solo baste el ejemplo de Frigia para entender este conglomerado de tribus que formaban Nación y que luego desaparecían en la Guerra de Razas que tan bien explicita Michel Foucault en su obra Genealogía del racismo/Defender la sociedad.

Frigia fue la antigua región en Asia Menor entre el mar Egeo micénico y el Ponto Euxino, un reino no escita con capital en Gordio que había ultimado a los poderosos hititas y participado en la caída de Troya, sus reyes legendarios Gordias y Midas le dieron prosperidad; pero el reino fue destruído por cimerios hacia el 700 a.C. Persia se la anexionó en el 546 a.C, luego fue ocupada por los gálatas en el 275 a.C. y conquistada por reyes de Pérgamo en 188 a.C. Hasta que finalmente el imperio romano integró Frigia en su seno para el año 133 a.C. Los escitas eran iranios (arios) al norte del Mar Negro, fueron ellos quienes hacia el siglo II a.C ya en un estado consolidado y habiendo abandonado el nomadismo legaron a los godos germánicos la orfebrería, el combate a caballo y el ropaje de pieles para la realeza. Entre escitas, alanos y sármatas la invasión a occidente y el imperio romano en el siglo V fue por ellos hecho consumado.

El noble Gandalf queda carente de hechizos de entremanos y algo azorado y perplejo al proferir conjuros que no modifican los acontecimientos ante lo expuesto.

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