Enlil y Kukulkán en algo coincidirán, además de en su poderoso hálito ventoso:

1506, Tenochtitlán, El Dios Universal

Moctezuma ha vencido en Teuctepec.
En los adoratorios, arden los fuegos. Resuenan los tambores. Uno tras
otro, los prisioneros suben las gradas hacia la piedra redonda del
sacrificio. El sacerdote les clava en el pecho el puñal de obsidiana,
alza el corazón en el puño y lo muestra al sol que brota de los
volcanes azules. ¿A qué dios se ofrece la sangre? El sol la exige, para nacer cada día y viajar de un horizonte al otro. Pero las ostentosas ceremonias de la muerte también sirven a otro dios, que no aparece en los códices ni en las canciones. Si ese dios no reinara sobre el mundo, no habría esclavos ni amos, ni vasallos, ni colonias. Los mercaderes aztecas no podrían arrancar a los pueblos sometidos un diamante a cambio de un frijol, ni una esmeralda por un grano de maíz, ni oro por golosinas, ni cacao por piedras. Los cargadores no atravesarían la inmensidad del imperio en largas filas, llevando a las espaldas toneladas de tributos. Las gentes del pueblo osarían vestir túnicas de algodón y beberían chocolate y tendrían la audacia de lucir prohibidas plumas de quetzal y pulseras de oro y magnolias y orquídeas reservadas a los nobles. Caerían, entonces, las máscaras que ocultan los rostros de los jefes guerreros, el pico de águila, las fauces de tigre, los penachos de plumas que ondulan y brillan en el aire.
Están manchadas de sangre las escalinatas del templo mayor y los cráneos se acumulan en el centro de la plaza. No solamente para que se mueva el sol, no: también para que ese dios secreto decida en lugar de los hombres.

En homenaje al mismo dios, al otro lado de la mar los inquisidores fríen a los herejes en las hogueras o los retuercen en las cámaras de tormento. Es el Dios del Miedo. El Dios del Miedo, que tiene dientes de rata y alas de buitre.

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La telaraña

Bebeagua, sacerdote de los sioux, soñó que seres jamás vistos tejían
una inmensa telaraña alrededor de su pueblo. Despertó sabiendo que así
sería, y dijo a los suyos: Cuando esa extraña raza termine su
telaraña, nos encerrarán en casas
grises y cuadradas, sobre tierra estéril, y en esas casas moriremos de hambre.

El profeta

Echado en la estera, boca arriba, el sacerdote-jaguar de Yucatán
escuchó el mensaje de los dioses. Ellos le hablaron a través del
tejado, montados a horcajadas sobre su casa, en un idioma que nadie
más entendía.
Chilam Balam, el que era boca de los dioses, recordó lo que todavía no había
ocurrido: Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan y los hombres
que cantan y todos los que cantan… Nadie se librará, nadie se
salvará… Mucha miseria habrá en los años del imperio de la codicia.
Los hombres, esclavos han de hacerse. Triste estará el rostro del
sol… Se despoblará el mundo, se hará pequeño y humillado…

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