A todos los insurrectos en soberano día, siempre que estos lo fuesen de sus tribus en etnia constituyendo nación.

1780, Sangarara. Arde América de la cordillera al mar.

Han pasado dos siglos desde que el sable del verdugo partió el cuello de Túpac Amaru, el último de los Incas, en la Plaza Mayor del Cuzco. Se realiza ahora el mito que en aquel entonces nació con su muerte. La profecía se cumple: la cabeza se junta con el cuerpo y Túpac Amaru, renacido, ataca. José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, entra en el pueblo de Sangarara, al son de grandes caracoles marinos, para  cortar el mal gobierno de tanto ladrón zángano que nos roba la miel de nuestros panales. Tras su caballo blanco, crece un ejército de desesperados. Pelean con hondas, palos y cuchillos estos soldados desnudos. Son, la mayoría, indios que rinden la vida en vómitos de sangre en los socavones de Potosí o se extenúan en obrajes y haciendas. Truenos de tambores, nubes de banderas, 50.000 hombres coronando las sierras: avanza y arrasa Túpac Amaru, libertador de indios y negros, castigador de quienes nos han puesto en este estado de morir tan deplorable. Los mensajeros galopan sublevando poblaciones desde el valle del Cuzco hasta las costas de Arica y las fronteras del Tucumán, porque quienes caigan en esta guerra tienen seguridad de que renacerán después. Muchos mestizos se suman al levantamiento. También unos cuantos criollos, europeos de sangre pero americanos de nacimiento.

1781, Támara. Los llanos.

Gritando el nombre de Túpac Amaru, mil quinientos indios vienen galopando desde los llanos del oriente de los Andes. Quieren ganar la cordillera y sumarse a la marea de los comuneros que marchan sobre Bogotá. El gobernador de los llanos huye y salva el pescuezo. Estos rebeldes son indios de las sabanas de los ríos que van a dar al Orinoco. En las playas del Orinoco, donde ponen sus huevos las tortugas, tenían por costumbre celebrar mercados. Allí acudían, desde tiempos remotos, otros indios de la Guayana y de la Amazonia. Intercambiaban sal, oro, ollas de barro, cestas, redes, pescado seco, aceite de tortuga, veneno para flechas y tintura roja para proteger de los mosquitos el cuerpo desnudo. Las conchas de caracol eran la moneda corriente, hasta que llegaron los europeos ansiosos de esclavos y ofrecieron hachas, tijeras, espejos y aguardiente a cambio de hombres. Entonces los indios empezaron a esclavizarse unos a otros, y a vender a sus hermanos, y cada perseguidor fue también un fugitivo; y muchos murieron de sarampión o de viruela.

Tupac Amaru, el Übermensch siglo XVIII

Tupac Amaru, el Übermensch siglo XVIII

1781, Cuzco. El centro de la tierra, la casa de los dioses.

El Cuzco, la ciudad sagrada, está queriendo volver a ser. Las negras piedras de los tiempos antiguos, muy apretadas entre sí, muy amándose, vencedoras de las furias de la tierra y de los hombres, andan queriendo sacudirse de encima a las iglesias y palacios que las aplastan. Micaela Bastidas contempla el Cuzco y se muerde los labios. La mujer de Túpac Amaru contempla el centro de la tierra, el lugar elegido por los dioses, desde la cumbre de un monte. Ahicito espera la que fuera capital de los incas, color de barro y humo, tan a mano que se podría tocarla. Mil veces ha insistido, en vano, Micaela. El nuevo Inca no se decide a atacar. Túpac Amaru, el hijo del Sol, no quiere matar indios. Túpac Amaru, encarnación del fundador de toda vida, viva promesa de la resurrección, no puede matar indios. Y son indios, al mando del cacique Pumacahua, quienes defienden este bastión español. Mil veces ha insistido y mil veces insiste Micaela y Túpac calla. Y ella sabe que habrá tragedia en la Plaza de los Llantos y sabe que ella llegará, de todas maneras, hasta el final.

1781, Cuzco. De polvo y pena son los caminos del Perú.

Atravesados de balazos, los unos sentados y los otros tendidos, aún se defendían y nos ofendían tirándonos muchas piedras… Laderas de las sierras, campos de cadáveres: entre los muertos y las lanzas y las banderas rotas, los vencedores recogen una que otra carabina. Túpac Amaru no entra en la ciudad sagrada a paso vencedor, delante de sus tropas tumultuosas. Entra en el Cuzco a lomo de mula, cargado de cadenas que se arrastran sobre el empedrado. Entre dos filas de soldados, marcha a la prisión. Repican, frenéticas, las campanas de las iglesias. Túpac Amaru había escapado nadando a través del río Combapata y lo sorprendió la emboscada en el pueblo de Langui. Lo vendió uno de sus capitanes, Francisco Santa Cruz, que era también su compadre. El traidor no busca una soga para ahorcarse. Cobra dos mil pesos y recibe un título de nobleza.

1781, Cuzco. Auto sacramental en la cámara de torturas.

Atado al potro del suplicio, yace desnudo, ensangrentado, Túpac Amaru. La cámara de torturas de la cárcel del Cuzco es penumbrosa y de techo bajo. Un chorro de luz cae sobre el jefe rebelde, luz violenta, golpeadora. José Antonio de Areche luce ruluda peluca y uniforme militar de gala. Areche, representante del rey de España, comandante general del ejército y juez supremo, está sentado junto a la manivela. Cuando la hace girar, una nueva vuelta de cuerda atormenta los brazos y las piernas de Túpac Amaru y se escuchan entonces gemidos ahogados.
Areche .—¡Ah rey de reyes, reyecillo vendido a precio vil! ¡Don José I, agente a sueldo de la corona inglesa! El dinero desposa a la ambición de poder. ¿A quién sorprende la boda? Es costumbre… Armas británicas, dinero británico. ¿Por qué no lo niegas, eh? Pobre diablo. (Se levanta y acaricia la cabeza de Túpac Amaru.) Los herejes luteranos han echado polvo a sus ojos y oscuro velo a su entendimiento. Pobre diablo. José Gabriel Túpac Amaru, dueño absoluto y natural de estos dominios… ¡Don José I, monarca del Nuevo Mundo! (Despliega un pergamino y lee en voz alta.) «Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los mares del sud, duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el gran Paitití, Comisario distribuidor de la piedad divina…» (Se vuelve, súbito, hacia Túpac Amaru.) ¡Niégalo! Hemos encontrado esta proclama en tus bolsillos… Prometías la libertad… Los herejes te han enseñado las malas artes del contrabando. ¡Envuelta en la bandera de la libertad, traías la más cruel de las tiranías! (Camina alrededor del cuerpo atado al potro.) «Nos tratan como a perros», decías. «Nos sacan el pellejo», decías. Pero, ¿acaso alguna vez han pagado tributo, tú y los tuyos? Disfrutabas del privilegio de usar armas y andar de a caballo. ¡Siempre fuiste tratado como cristiano de linaje limpio de sangre! Te dimos vida de blanco y predicaste el odio de razas. Nosotros, tus odiados españoles, te hemos enseñado a hablar. ¿Y qué dijiste? «¡Revolución!». Te hemos enseñado a escribir, ¿y qué escribiste? «¡Guerra!». (Se sienta. Da la espalda a Túpac Amaru y cruza las piernas.) Has asolado el Perú. Crímenes, incendios, robos, sacrilegios… Tú y tus secuaces terroristas habéis traído el infierno a estas provincias. ¿Que los españoles dejan a los indios lamiendo tierra? Ya he ordenado que acaben las ventas obligatorias y se abran los obrajes y se pague lo justo. He suprimido los diezmos y las aduanas… ¿Por qué seguiste la guerra, si se ha restablecido el buen trato? ¿Cuántos miles de muertos has causado, farsante emperador? ¿En cuánto dolor has puesto las tierras invadidas? (Se levanta y se inclina sobre Túpac Amaru, que no abre los ojos.) ¿Que la mita es un crimen y de cada cien indios que van a las minas vuelven veinte? Ya he dispuesto que se extinga el trabajo forzado. ¿Y acaso la aborrecida mita no fue inventada por tus antepasados los incas? Los incas… Nadie ha tenido a los indios en trato peor. Reniegas de la sangre europea que corre por tus venas, José Gabriel Condorcanqui Noguera… (Hace una pausa y habla mientras rodea el cuerpo del vencido.) Tu sentencia está lista. Yo la imaginé, la escribí, la firmé. (La mano corta el aire sobre la boca de Túpac.) Te arrastrarán al cadalso y el verdugo te cortará la lengua. Te atarán a cuatro caballos por las manos y por los pies. Serás descuartizado. (Pasa la mano sobre el torso desnudo). Arrojarán tu tronco a la hoguera en el cerro de Picchu y echarán al aire las cenizas. (Toca la cara.) Tu cabeza colgará tres días de una horca, en el pueblo de Tinta, y después quedará clavada a un palo, a la entrada del pueblo, con una corona de once puntas de fierro, por tus once títulos de emperador. (Acaricia los brazos.) Enviaremos un brazo a Tungasuca y el otro se exhibirá en la capital de Carabaya. (Y las piernas.) Una pierna al pueblo de Livitaca y la otra a Santa Rosa de Lampa. Serán arrasadas las casas que habitaste. Echaremos sal sobre tus tierras. Caerá la infamia sobre tu descendencia por los siglos de los siglos. (Enciende una vela y la empuña sobre el rostro de Túpac Amaru.) Todavía estás a tiempo. Dime: ¿Quién continúa la rebelión que has iniciado? ¿Quiénes son tus cómplices? (Zalamero.) Estás a tiempo. Te ofrezco la horca. Estás a tiempo de evitarte tanta humillación y sufrimiento. Dame nombres. Dime. (Acerca la oreja.) ¡Tú eres tu verdugo, indio carnicero! (Nuevamente endulza el tono.) Cortaremos la lengua de tu hijo Hipólito. Cortaremos la lengua a Micaela, tu mujer, y le daremos garrote vil… No te arrepientas, pero sálvala. A ella. Salva a tu mujer de una muerte infame. (Se aproxima. Espera.) ¡Sabe Dios los crímenes que arrastras! (Hace girar violentamente la rueda del tormento y se escucha un quejido atroz.) ¡No vas a disculparte con silencios ante el tribunal del Altísimo, indio soberbio! (Con lástima.) ¡Ah! Me entristece que haya un alma que quiera irse así a la eterna condenación… (Furioso.) ¡Por última vez! ¿Quiénes son tus cómplices? Túpac Amaru (Alzando a duras penas la cabeza, abre los ojos y habla por fin).—Aquí no hay más cómplices que tú y yo. Tú por opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte.

1781, Cuzco. Sagrada lluvia.

El niño quiere volver la cabeza, pero los soldados le obligan a mirar. Fernando ve cómo el verdugo arranca la lengua de su hermano Hipólito y lo empuja desde la escalera de la horca. El verdugo cuelga también a dos de los tíos de Fernando y después al esclavo Antonio Oblitas, que había pintado el retrato de Túpac Amaru, y a golpes de hacha lo corta en pedazos; y Fernando ve. Con cadenas en las manos y grillos en los pies, entre dos soldados que le obligan a mirar, Fernando ve al verdugo aplicando garrote vil a Tomasa Condemaita, cacica de Acos, cuyo batallón de mujeres ha propinado tremenda paliza al ejército español. Entonces sube al tablado Micaela Bastidas y Fernando ve menos. Se le nublan los ojos mientras el verdugo busca la lengua de Micaela, y una cortina de lágrimas tapa los ojos del niño cuando sientan a su madre para culminar el suplicio: el torno no consigue ahogar el fino cuello y es preciso que echándole lazos al pescuezo, tirando de una y otra parte y dándole patadas en el estómago y pechos, la acaben de matar. Ya no ve nada, ya no oye nada Fernando, el que hace nueve años nació de Micaela. No ve que ahora traen a su padre, a Túpac Amaru, y lo atan a las cinchas de cuatro caballos, de pies y de manos, cara al cielo. Los jinetes clavan las espuelas hacia los cuatro puntos cardinales, pero Túpac Amaru no se parte. Lo tienen en el aire, parece una araña; las espuelas desgarran los vientres de los caballos, que se alzan en dos patas y embisten con todas sus fuerzas, pero Túpac Amaru no se parte. Es tiempo de larga sequía en el valle del Cuzco. Al mediodía en punto, mientras pujan los caballos y Túpac Amaru no se parte, una violenta catarata se descarga de golpe desde el cielo: cae la lluvia a garrotazos, como si Dios o el Sol o alguien hubiera decidido que este momento bien vale una lluvia de ésas que dejan ciego al mundo.

1781, Chincheros. Pumacahua.

Al centro, resplandece la Virgen de Montserrat. De rodillas reza, en acción de gracias, Mateo García Pumacahua. La esposa y una comitiva de parientes y capitanes aparecen detrás, en procesión. Pumacahua viste ropas de español, chaleco y casaca, zapatos con hebillas. Más allá se despliega la batalla, soldaditos y cañones que parecen de juguete: el puma Pumacahua vence al dragón Túpac Amaru. Vini, vidi, vinci, se lee en lo alto. Al cabo de varios meses, un artista sin nombre ha concluido su trabajo. La iglesia del pueblo de Chincheros luce, sobre el pórtico, las imágenes que perpetuarán la gloria y la fe del cacique Pumacahua en la guerra contra Túpac Amaru. Pumacahua, también heredero de los incas, ha recibido una medalla del rey de España y del obispo del Cuzco una indulgencia plenaria.

Textos originarios de Boleslao Lewin y Carlos Daniel Valcárcel por Eduardo Galeano redactados.

Si la traición de uno puede más que unos cuantos que esos cuantos no lo olviden fácilmente… es en vano. Todo es olvido, salvo por el breve instante que usted lo lee y se propone guardarlo en la memoria.

Resurrecto

Túpac Amaru había sido el último rey de los incas, que durante cuarenta años había peleado en las montañas del Perú. En 1572, cuando el sable del verdugo le partió el pescuezo, los profetas indios anunciaron que alguna vez la cabeza se juntaría con el cuerpo. Y se juntó. Dos siglos después, José Gabriel Condorcanqui encontró el nombre que lo estaba esperando. Convertido en Túpac Amaru, él encabezó la más numerosa y peligrosa rebelión indígena en toda la historia de las Américas. Ardieron los Andes. Desde la cordillera hasta la mar se alzaron las víctimas del trabajo forzado en las minas, las haciendas y los talleres. De victoria en victoria, amenazaban el menú colonial los sublevados que avanzaban, a paso imparable, vadeando ríos, trepando montañas, atravesando valles, pueblo tras pueblo. Y a punto estuvieron de conquistar el Cuzco.
La ciudad sagrada, el corazón del poder, estaba ahí: desde las cumbres se veía, se tocaba. Habían pasado dieciocho siglos y medio, y se repetía la historia de Espartaco, que tuvo a Roma al alcance de la mano. Y tampoco Túpac Amaru se decidió a atacar. Tropas indias, al mando de un cacique vendido, defendían el Cuzco, ciudad sitiada, y él no mataba indios: eso no, eso nunca. Bien sabía que era necesario, que no había otra, pero… Mientras él dudaba, que sí, que no, que quién sabe, pasaron los días y las noches y los soldados españoles, muchos, bien armados, iban llegando desde Lima. En vano le enviaba desesperados mensajes su mujer, Micaela Bastidas, que comandaba la retaguardia:
—Tú me has de acabar de pesadumbres…
—Yo ya no tengo paciencia para aguantar todo esto…
—Bastantes advertencias te di…
—Si tú quieres nuestra ruina, puedes echarte a dormir.
En 1781, el jefe rebelde entro en el Cuzco. Entró encadenado, apedreado, insultado.

Lluvia eterna

En la cámara de torturas, lo interrogó el enviado del rey.
—¿Quiénes son tus cómplices? —le preguntó. Y Túpac Amaru contestó:
—Aquí no hay más cómplices que tú y yo. Tú por opresor y yo por libertador,
merecemos la muerte. Fue condenado a morir descuartizado. Lo ataron a cuatro caballos, brazos y piernas en cruz, y no se partió. Las espuelas desgarraban los vientres de los caballos, que en vano pujaban, y no se partió. Hubo que recurrir al hacha del verdugo. Era un mediodía de sol feroz, tiempo de larga sequía en el valle del Cuzco, pero el cielo fue negro de pronto y se rompió y descargó una lluvia de esas que ahogan al mundo. También fueron descuartizados los otros jefes y jefas rebeldes, Micaela Bastidas, Tûpac Catari, Bartolina Sisa, Gregoria Apaza… Y sus pedazos fueron paseados por los pueblos que habían sublevado, y fueron quemados, y sus cenizas arrojadas al aire, para que de ellos no quede memoria.

Espejos. Una historia casi universal, Eduardo Galeano (2008).

“Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse.” Oscar Wilde

  • “Inglaterra hizo de él un jefe revolucionario, cuando ya no le es útil lo deja a un lado y cuando se rebela nuevamente, en nombre de una idea análoga a la que Inglaterra le enseñó, Inglaterra lo elimina” (William Walker al jefe de las fuerzas inglesas una vez capturado José Dolores).
  • “Inglés, ¿te acuerdas? Dijiste que la civilización era de los blancos. ¿Pero qué civilización? ¿Y hasta cuándo?” (José Dolores, antes de ser ejecutado)

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