A sus 22 años el delgado Franz anda insomne entre su hogar y actividades diurnas, sonámbulo y sin brisa fresca que lo despabile sueña despierto con trasladarse de su ciudad natal a la Zona Poe, donde acontecen los cuentos que al lector ferviente fascinan y quitan el sueño y apetito; Virginia, el Old Dominion británico en tierras del este americano al norte de la bahía de Chesapeake y puerto de Norfolk. Fue cuando leyó, hace ahora dos años, El Hombre de la Multitud, que los deseos de estar allí y presenciar esos presbíteros en recato, tan rudos por anglicanos parajes, lo invadió y apartó de la poca vida social que alguna vez se propuso pensando en cervecerías por todo salón literario en una sociedad que casi ausente de poetas y narradores solo escribe lo que interesa a notarios, contadores y abogados de la administración racional e imperial. Últimamente Franz se siente parte de los relatos, imagina una fuerza creadora que traslada hasta su geografía centroeuropea los sucesos y acontecimientos que podría vivir si se propone y puede realizar el viaje por ferrocarril, prosiguiendo en barco y finalmente en carreta hasta Fairfax y luego Arlington, el paisaje y las historias lo atraviesan hasta que recupera la lucidez y se cerciora de que sus percepciones lo engañan con reiteración y alevosía.

arboleda en Virginia

arboleda en Virginia

Von der Wiege bis zum Grabe. II- Der Kampf ums Dasein, Franz Liszt

Franz Kafka a los 22

Franz Kafka a los 22

Cartas a Felice y protoproyecto América: con todo un puñado de buenas intenciones

Ella nunca lo entendería, no aceptaría ni permitiría que Franz huyendo hacia América la olvide en el pasado de compromisos de fidelidad y promesas incumplidos ¿Qué habría en esa América británica que tanto lo atraía quitando de su lado? Kafka le escribe a su amada Bauer:

“En este momento de mi vida que siento desafiante y con viento de cola me domina la iniciativa de ir al puerto por océano de vibrantes aventuras. Sabes bien que aunque somos muy jóvenes e inexpertos mi amor y estima por tí es grande, pero no comparto Felice tu postura de ir al puerto por tierra, un matrimonio que nos agriete y vuelva figuras pétreas cumpliendo los roles de la rutina e impostura de los ritos de esa vida normal que hace bostezar hasta el hastío y que solo salva el amor de los momentos tiernos, las miradas cómplices, la sincronía sentimental y las búsquedas compartidas de los placeres y saberes literarios e intelectuales de los días. Te pido tiempo mi querida Felice, necesito tres años para ir y volver de Virginia, para afincarme allí y consubstanciarme con mi mayor influencia literaria Edgar Allan Poe, para traerlo luego en mí y escribir aquí o en Austria, y con tu maravillosa compañía ya irrevocada por ningún acontecimiento que se nos presente, esas narraciones rigurosas y macabras que reforzarán cualitativamente mi intención de mostrar lo doloroso y lo absurdo de nuestras existencias forzadas a experimentar lo que detestamos, lo inadmisible, la locura y crueldad heladas y congénita pesadumbre sobre nuestros corazones. Lo lograremos, seremos felices en mutua aceptación y compañía y escribiremos esa prosa desencantada que ayude a evitar hasta donde nos sea posible, los errores y excesos de la desazón que nos inflige dolor y a veces nos destroza. Mientras permanezca lejos tendré entereza y buscaré la fortaleza de no depender, de no sentir la ausencia de tu presencia atrayente, palpitante a veces y por momentos toda crisis cardíaca; sosegado y solemne permaneceré sin afección de necesidad de tu voz, palabras y caricias, no nos escribiremos. Pero volveré y seremos uno desde entonces y hasta que la muerte o enfermedad nos separe. Te lo prometo Felice; tuyo, Franz Kafka.” Los ahorros por el trabajo como viajante de comercio le permiten al checo iniciar la peregrinación que lo llevará al otro lado del Atlántico y para los primeros días de 1907, nuestro aprendiz de Poe parte hacia el viaje que le hará pergeñar su relato que alguna vez será póstumo y se llamará América. Felice resigna tres años para compartir su vida plenamente con él, muy en sus adentros está plenamente de acuerdo. Cuando el joven Kafka retorne en 1910, guardará celosamente sus vivencias que a nadie confesará, para proceder a volcarlas todas juntas de golpe en su planeado relato que Max Brod salvará del fuego en 1924. Y Poe decía “El horror no es de Alemania, es del alma.” Y Kafka escribiendo en alemán, hablando en checo, lo sabía.

Kafka felice

Kafka felice

Hungaria

Capítulo III, arrancado accidentalmente y por siempre perdido de su mentada América:

…..continuará

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